Todo…
…había comenzado aquel viernes, cuando Rakel, Eneko y yo habíamos decidido ir a pasar el fin de semana a la montaña. Nunca me había sentido a gusto entre las enigmáticas sombras de la naturaleza, el simple sonido de un búho servía para alertar todos mis sentidos y producirme un escalofrío que me calaba hasta los huesos, pero ya llevaba mucho tiempo negándome a sus planes. Y ellos posponiéndolos, esperándome. Ojalá nunca lo hubieran hecho.
Cuando nos montamos en el destartalado coche del padre de Eneko, algo en mi interior me dijo que regresara a casa, a mi cama, que todavía tenía tiempo y que si no me iba a arrepentir toda mi vida. Sexto sentido femenino. Lástima que casi nunca le hagamos caso.
-Vamos Amaia, eso del sexto sentido no son más que tonterías.-me dijo Rakel al darse cuenta de que había perdido todo el color del rostro. Aquella frase resonaría en mi interior, haría eco entre mis lágrimas cuatro días después, cuando ocurriría… lo que nadie jamás podría haber imaginado.
Llegamos antes de lo esperado al pequeño rincón de la montaña donde estaba permitido acampar. Mientras Eneko intentaba montar la tienda en la que dormiríamos Rakel y yo, me quedé quieta mirando el paisaje; no tenía nada en especial, ni era una vista magnífica. De hecho, creo que en cualquier otro lado nos hubiésemos dado de bruces con un lugar más bonito. Al fondo quedaba el pueblo más cercano, lejos. Mi subconsciente quiso jugarme una mala pasada: “demasiado lejos”. No sé por qué pensé eso, pero un fuerte viento nos azotó de frente, levantando todo el polvo del camino, intentando lanzarnos hacia atrás. Intentando, tal vez, echarnos de allí. Prevenirnos. ¿Pero de qué? Simplemente estaba nerviosa, y creía ver señales de peligro en todas partes.-¡Joder! ¡Esto no hay quien lo monte!-gritó Eneko cuando una de las partes de la tienda salió despedida hacia atrás. Sin pensármelo dos veces, fui corriendo tras ella. Fue algo extraño; Rakel estaba mucho más cerca que yo, pero algo me empujó a mí a ir a por ella. Se había quedado enganchada en un arbusto de moras.Alargué la mano para cogerla y, al retirarla, un grito de terror surgió de mi boca. Alguien, algo, me había empujado a mí expresamente a recoger aquel insignificante trozo de tela, ya no había duda alguna.
Justamente donde había caído la tela, el arbusto de moras, las frutas mismas, estaban manchadas de sangre.

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