Rakel y Eneko…

 …se acercaron corriendo hasta mí, preocupados de lo que podría haber encontrado. Yo esperaba que al menos Rakel gritase o algo, pero la frase que surgió de su boca me dejó completamente desconcertada y, a la vez, más aterrada incluso que antes.-¿Se puede saber por qué gritas?-con mucho trabajo conseguí pausar mis ojos de nuevo sobre las moras, y vi consternada que ya no había nada allí. Decidí no decir nada más, inventarme la excusa de que había visto una avispa. No quería que pensasen que me estaba volviendo loca. Ahora me arrepiento, una y otra vez, de no haberles dicho nada. Tal vez… tal vez si lo hubiese dicho… hubiese evitado todo esto…

Después de varias horas, conseguimos por fin montar las dos tiendas de campaña y fuimos a dar un paseo, a conocer aquel lugar. Eneko iba delante, entre los árboles sin un rumbo fijo, silbando alegremente. Yo iba detrás, mirando hacia ambos lados como si esperara encontrarme con algo. Afortunadamente, nada apareció. Rakel iba la última, sacando fotos a diestro y siniestro, el sonido característico de su flash haciéndome saber que continuaba allí. De pronto, el sonido cesó.

-¿Ya te has cansado de sacar fotos?-le pregunté girándome. Ya sé que suena a tópico, pero no estaba allí. Tampoco estaba la cámara tirada en el suelo como suele ocurrir en las películas de terror, pero ella no estaba, y aquello era suficiente para mí. -¡Eneko! ¡Rakel no está! ¿Eneko? ¡¿Eneko?! -él tampoco estaba. Me había quedado sola, yo, que me aterraba con lo más mínimo, estaba perdida en un monte que no conocía, y la noche amenazaba con caer sobre mí.

Me quedé quieta, paralizada, como si unas manos invisibles me sujetasen a aquel lugar.

Una rosa cayó del cielo a mi lado. Miré hacia arriba esperando encontrar a alguien, pero sólo había hojas. Otra rosa, y luego otra. En cinco minutos, había varias rosas a mi alrededor. ¿De dónde habían salido? ¿Podrían significar algo?

-¡¿Hay alguien ahí?!-le grité a la nada, en parte esperando que nadie me contestase. Las rosas continuaban cayendo sobre mí, como si de una lluvia de la naturaleza se tratara. Y entonces me percaté de algo realmente interesante: las rosas habían caído en una especie de recta, no en un montón, sino creando un sinuoso camino de pétalos rojos. El rastro comenzaba en mí y continuaba cuesta arriba. Me dirigí hacia allí, aunque no quería, aunque todo mi interior me gritaba que me detuviera; mis piernas parecían obedecer a alguien que no era yo.

El camino de rosas acababa en la entrada de una cueva pequeña. Me agaché y, a gatas, entré en ella con la certeza de que estaba introduciéndome voluntariamente en la cueva del lobo. 

Y entonces, desperté. Estaba tumbada fuera, en mi saco de dormir, Rakel y Eneko a mi lado, ella preparando la cena y él mirando con los prismáticos el vuelo de un águila. Todo había sido un sueño.

Me incorporé completamente desorientada y noté que mis pies rozaban algo en el interior del saco. Introduje mi mano para ver de qué se trataba.

Y grité.

Era una rosa. 

~ por mirrorlady en Septiembre 24, 2007.

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