Viggo Mortensen en el Festival de cine de San Sebastián (Zinemaldi)
Llegó con una camiseta de fútbol, una mochila llena de trastos y unos zapatos colgando de ella porque no le habían entrado. Dicen que verlo en aquella escena pareció devolverlo a su etapa de Aragorn, como si el montaraz acabara de llegar a la capital guipuzcoana. Entró en el hotel, se dio una ducha rápida y bajó a toda prisa para llegar a la rueda de prensa.Pero abajo las fans ya lo esperaban y él, aunque tuviese un horario que cumplir y ya llegara tarde, se detuvo para firmar autógrafos a todas las que se lo pidieron.
Y mientras tanto yo estaba disfrutando de los últimos coletazos de la película Eastern Promises (podéis ver crítica en este mismo apartado), con la carpeta y el bolso ya en la mano, dispuesta a salir disparada de la sala en cuanto todo se fundiera a negro.
Y ocurrió. Mientras la gente se levantaba a aplaudir la primera película del festival yo bajaba los escalones de dos en dos y corría fuera del cine, entrara en el área prohibida, enseñara la acreditación y, mientras el chico decía “tranquiila, que todavía Viggo no ha llegado”, pasé de las escaleras mecánicas y entré en la (inmensa) sala de prensa, donde recorrí filas y filas de butacas hasta llegar a la primera fila.
“¿Está libre?” la que me respondió, una majísima reportera extranjera que se empeñó en que no le hablara en inglés para poder practicar aasí su castellano. “No he podido ver la película”, decía. “Y espero no meter la pata a la hora de las preguntas” Y es que la pobre acababa de terminar otra entrevista y no había podido disfrutar de la majestuosidad de la última obra de Cronenberg.
La sala se fue llenando rápidamente, y me tocó detrás un fotógrafo muy chistoso que, desde el primer momento, no haría más que chincharme. “Donde estás ahí te va a mirar fijamente”. Y yo, más roja que un tomate, os lo podéis imaginar.
Pero no todo iba a salir tan bien, y cinco minutos antes de que comenzara la rueda de prensa, cuando la sala ya estaba abarrotada, unos señores (no voy a llamarlos de otra forma) nos intentó echar de las dos primeras filas.
“Tú quédate a mi lado”, me dijo el fotógrafo. Nos retiramos a la segunda fila y esperamos de pie junto a dos butacas vacías hasta que Viggo Mortensen y David Cronenberg hicieron su aparición. “AHora ya no se atreverán a decirnos nada, por miedo a que montemos un escándalo”.
Así que allí estaba yo, segunda fila, separáda únicamente de mi idolatrado Mortensen por una fotógrafa alemana que se movió hacia un lado para dejarme contemplarlo con tranquilidad. Thanke. Comenzó la rueda de prensa, y yo parecía estar flotando en una nube, incapaz de apartar la mirada del actor que sonreía y hacía bromas y hasta se atrevió a chapurrear unas palabras en euskera.
Y entonces, ocurrió. Se quedó mirándome. Al principio pensé que veía visiones, que era imposible, que seguramente tendría la vista perdida y no me estaba mirando. Pero los codazos del fotógrafo que tenía al lado. “Eh-eh-eh que te está mirando, que te está mirando” y la media sonrisa del actor confirmaron este hecho.
Me dedicó un montajillo (os adjunto un pedazo con la única intención de que se vea la dedicatoria) y me marché de la sala como quien camina por un valle de algodón.
Pero mi sorpresa no acabaría allí: mirando ayer la página oficial del festival, descubrí un vídeo completo de dicha rueda de prensa, dónde se me ve un par de veces la cara y todo el tiempo la cabeza (lol), y donde se aprecia claramente los momentos en los que se quedaba clavando mirando hacia donde yo estaba.
(( http://www.sansebastianfestival.com/2007/es3/tv.php ))
Viggo… si antes eras mi ídolo, ahora lo eres incluso más.

¡A mí me encanta Viggo Mortensen! ¡Qué envidia me estás dando, niña!
Ah y por cierto, el autógrafo no está adjuntado (jeje), así que inténtalo otra vez.
Bueno niña, ya me avisarás cuando hayas pasado todo del espacio aquí (Y muchas gracias por hacerlo, ya sé que yo soy una de las causantes del traslado