La noche…
… había caído inexorable sobre la serpenteante carretera, una oscuridad casi completa que hizo que nos acongojáramos y nos sintiéramos empequeñecer en el asiento del coche. La luna aparecía y desaparecía emtre las nubes como si quisiera invitarnos a los tres componentes del vehículo a su indescriptible juego de guiños.
De repente, la blanquecina luz quedo oculta tras una colina y, cuando volvió a emerger duditativa, surgió un rostro, una figura aterradora que parecía sonreirnos desde el firmamento. Una maquiavélica carcajada nos atravesó como una gélida daga directa a nuestro corazón.
Y, aunque desapareció en cuestión de segundos, supimos que algo malo iba a ocurrir…

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